Drama·Teatro

La excepción y la regla.- Bertolt Brecht

La excepción y la regla
Bertolt Brecht

Ediciones Nueva Visión – Buenos Aires, 1981

Bertolt Brecht fue un indiscutible referente para la izquierda. Y, aún hoy, debería serlo. Fue un comunista sin partido político que interpretó la realidad desde la perspectiva del arte; un alemán odiado y perseguido por el nazismo y un autor que en los años 60 del siglo XX marcó su impronta en el teatro con unos presupuestos coherentes con su postura y la concepción marxista del cambio social; fue un revolucionario que entendió el arte como una herramienta de transformación hacia el socialismo. El teatro, siendo arte, tenía que entretener, pero sin sentimentalismo, distanciando al espectador de lo anecdótico y promover la creación de una conciencia de compromiso; sus obras tienen un carácter didáctico y su finalidad es educar para promover las transformaciones sociales que liberen los medios de producción.

En mis años jóvenes y relacionados con el teatro, Bertolt Brecht siempre estuvo presente e incluso participé en la representación de una de sus obras teatrales que trataba sobre las prácticas del nazismo en su expansión y preparación para la guerra, “¿¡Cuánto cuesta el hierro!?”.

Las obras que recuerdo me produjeron una honda impresión; unas fueron leídas y otras vistas en los teatros, pero ninguna me dejó nunca indiferente; entre ellas, “Madre coraje y sus hijos”, “La vida de Galileo”, “Terror y miseria del III Reich” o “El círculo de tiza caucasiano”. Con apenas veintinueve años escribió una crítica demoledora sobre el orden burgués y su falsa respetabilidad, “La ópera de los tres centavos”. Y además se prodigó –con el mismo estilo e intenciones- con la poesía, artículos y canciones.

La excepción y la regla” es una obra de carácter didáctico dirigida a los estudiantes. Un comerciante hace trasladar su mercancía a hombros de un porteador y los servicios de un guía a través de tierras hostiles y el duro desierto. El trato brutal y despótico del comerciante es la constante en una relación clasista y de subordinación; desprecia a sus empleados considerándolos seres inferiores equivalentes a las bestias y su egoísmo le lleva a desconfiar de ellos porque, según sus razonamientos, sólo pueden albergar rencor y deseos de venganza si piensan un poco en lo mucho que él gana y lo demasiado poco que les paga a cambios de los riesgos y el trabajo de salvar su fortuna. Durante la travesía despedirá al guía y acabará asesinando al porteador cuando éste se le acercaba para ofrecerle agua en mitad del desierto y el comerciante interpretó que venía para darle muerte llevando una piedra en la mano.

Si la mala conciencia del explotador lo empujó al crimen, la de los jueces que ven el caso les conducirá a absolverlo, pues lo lógico y natural sería –dadas las condiciones de servidumbre y humillación a la que se encontraba sometido el trabajador- que éste intentara tomarse la revancha en un medio en el que el comerciante era más vulnerable. Eso sería la norma y lo que no se puede explicar es la excepción de que el porteador abrigara algún sentimiento de humanidad para con su verdugo en el gesto solidario de compartir con él su agua.

Bertolt Brecht nos dejó un buen número de frases que se han hecho icónicas; la que correspondería mejor a esta pieza teatral, sin duda, es aquella en la que pone de manifiesto la absoluta arbitrariedad de la Justicia cuando, con ironía, dice que “muchos jueces son absolutamente incorruptibles; nadie puede inducirle a hacer justicia”.

Esta pieza teatral de Bertolt Brecht, como todo su teatro, va dirigido a la cabeza y el intelecto con el fin –ya mencionado- de influir en las personas y hacerlas pensar y elaborar juicios propios sobre las cosas y los hechos; es un teatro que se aleja del que Aristóteles concibió como instrumento para conmover al espectador, identificado con lo representado, produciendo una catarsis o purificación que le haría mejor persona, un teatro dirigido –en este caso- al corazón y los sentimientos. Bertolt Brecht, por el contrario, utiliza la técnica del distanciamiento y mantendrá al público fuera de la obra para que atienda al mensaje y piense antes que sentir, y lo consigue intercalando escenas impactantes con escenas neutras.

El dramaturgo alemán tiene muy claro que la política no sirve de nada si no están resueltas, antes, algunas condiciones básicas, lo que le hace afirmar que “primero va el comer y  luego va la moral”.

Por concluir con otra frase del autor de “La excepción y la regla” que define muy certeramente su talante, recordemos aquella en la cual constata que: “el regalo más grande que le puedes dar a los demás es el ejemplo de tu propia vida”. Predicar con el ejemplo, eso que lamentablemente y de manera reiterada vemos que no hacen ni políticos ni obispos en los últimos casos vergonzosos de las vacunas contra el coronavirus causante de la pandemia de 2020. Y, sin ser mal pensados, podemos imaginar su comportamiento en tantos otros aspectos de su miserable vida moral. Bertolt Brecht, desde luego, coherente con lo que defendía, supo predicar con el ejemplo.

González Alonso

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