Ricardo III.- William Shakespeare

Teatro Barakaldo.- Compañía Teatro Atalaya.

Lleno absoluto. Y la magia del grupo Atalaya. Y, una vez más, el teatro como arma estética y cultural. No hay exageración al afirmar que el elenco andaluz dirigido por Ricardo Iniesta, al margen de los numerosos premios conseguidos, es tal vez el mejor de cuantos pisan los teatros españoles hoy día. La razón de ocupar este lugar de excepción se debe, sin duda, a un trabajo riguroso, serio y concienzudo,  que no renuncia a la investigación para llegar al hecho dramático y expresarse con una voz personal, propia, y un planteamiento coherente en una actuación eficaz que roza la perfección encima de las tablas.  En el caso que nos ocupa, la representación del drama histórico Ricardo III, de William Shakespeare, sobre una obra de Tomás Moro, el esfuerzo previo llevado a cabo por Ricardo Iniesta para desnudar de ornamento el texto original y profundizar de forma inteligente en la interpretación de las claves históricas nos ayuda a extraer la enseñanza encerrada en el mensaje sobre la falta de escrúpulos cuando se trata de conseguir el poder y de los crímenes contra la humanidad llevados a cabo para conseguirlo. Porque la figura del rey Ricardo III, contrahecho, deforme y espantoso, más psicológica y  humananmente  que lo que aparentaba físicamente, sirve de vehículo para denunciar el fenómeno actual, aunque disfrazado con otras estrategias, influencias, presiones, crímenes, asesinatos y guerras. La lógica del guerrero que representa Ricardo III es la misma de quienes se escudan en los gobiernos actuales en sus ambiciones de dominio económico, político y militar.

El tema, como he mencionado, de la lucha por el poder a través de las intrigas, la muerte y los asesinatos, se pone en escena con los recursos dramáticos adecuados mediante una escenografía ideada por Joaquín Galán en la que el elemento simbólico de la muerte se representa en las lanzas desplegadas sobre cada espacio en el que se va desarrollando la trama: la Corte, el salón real, la cárcel, el campo de batalla, el castillo o las alcobas. A veces son tronos, otras mesas, olas, espejos en los que se reflejan la crueldad o la desesperación, espadas o lanzas que, finalmente, se abatirán sobre el tirano en una escena final apoteósica.

Pero si la obra finaliza así, acompañada de la música de Mikel Laboa en un doble homenaje al cantante fallecido y a todas las víctimas de las tiranías, no resulta menos impactante el comienzo, cuando se  nos muestra la vida en la Corte, las intrigas, recelos, alianzas, amores, pactos y traiciones, en unos pasos de danza esperpénticos de los personajes, moviéndose, encontrándose, buscándose o huyéndose por las estacias palaciegas y reales. La iluminación de Alejandro Conesa  es otro recurso, un personaje más,  perfectamente imbricado en el montaje que llena el espacio de acción y tensión dramática, apoyada siempre en el trabajo musical de Emilio Morales.

No desdeña el grupo Atalaya el uso de recursos dramáticos expresivos como el teatro de sombras o el teatro balinés, y con un esmerado trabajo de expresión corporal, entre el comienzo y el final de la obra no dejan los actores y actrices que decaiga el ritmo y la tensión en ningún momento. A  la dificultad de reducir la obra a 90 minutos de representación de las probables 4 horas que llevaría la interpretación de la original, hay que añadir el problema de adaptar los versos yámbicos utilizados por W.Shakespeare, al español. La naturalidad de este tipo de verso en lengua inglesa y la fuerza fonética del mismo, encuentra difícil acomodo en nuestro idioma. El resultado de este esfuerzo se ha traducido en un texto magnifícamente inteligible en la dicción perfecta de los intérpretes sin perder la fuerza expresiva original ni el ritmo acentual.

Pero todo este trabajo de equipo sería baladí sin los actores y actrices sobre el escenario. A la cabeza del reparto que hace posible esta explosión de arte en escena figura el actor Jerónimo Arenal. De su actuación, de su trabajo esmerado sobre el personaje del rey Ricardo III, de quien disecciona hasta el último gesto o pensamiento, sólo cabe el más rendido reconocimiento. No sólo hace creíble la figura del tirano, sino que nos transmite el temor y hace sentir el verdadero horror de sus crímenes. No me cuesta alabar y aplaudir su trabajo de ayer como tuve la ocasión y el placer de aplaudir su anterior trabajo en Ariadna, en un papel más corto pero no menos importante dando forma y vida al dios Dionisios, de lo que dejé constancia en su momento en esta bitácora.

Al placer de aplaudir la tarea del elenco del Teatro Atalaya y la de Jerónimo Arenal a su cabeza, me cabe el de haber tenido la ocasión de saludarle y estrechar su mano al final de la representación para hacerle llegar una pequeña parte del entusiasmo que él nos regala sobre las tablas, en forma de admiración.

Podría continuar escribiendo sobre obra y actores más y mejor si fuera crítico teatral, pero -todavía con la emoción reciente del espectáculo de ayer tarde- será mejor invitar a quien tenga la paciencia de leer hasta aquí a experimentar el teatro en estado puro acudiendo a la próxima representación de este Ricardo III de W.Shakespeare en la creación del grupo Atalaya, porque -y concluyo- William Shakespeare más el Teatro Atalaya es un fórmula explosiva que no deja indiferente a nadie.

Julio G. Alonso

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